Xylófono

martes, 18 de octubre de 2016

Guiso de dtoke

Él, no solo era mi peor enemigo, era algo mucho más desarrollado que eso, ya golpeaba la puerta de nuevos niveles; es más, de ser posible, desearía que mi féretro estuviera forrado por su piel. 
Piel que con orgullo y buena predisposición yo mismo apartaría de su carne incluso con los dientes con tal de permitirme esa fantasía.
Estábamos parados frente a frente, solo teníamos una bala cada uno y casi como en la escena más digna del buen Western, estábamos dispuestos a descargarla en el entrecejo del otro. 
Sin piedad, ni por reclamar el mérito de la habilidad, solo nos podía satisfacer la eliminación del otro; nos odiábamos tanto y nos teníamos tan presentes que hasta en lo bueno pensábamos siempre en el otro. Comparábamos nuestras metas y medíamos nuestro fracaso bajo el estandarte de esta dualidad.

▬ Tu actitud es recalcitrante, estás expectante a mi próxima tajante, se te nota en el semblante, ni esforzándote pudiste adelantarte. Yo creo que deberías replantearte – Su rima (aunque eso pretendía) no logró intimidarme, no movió ni el más ínfimo ni insignificante músculo de mi cara; tenía bien claro que cualquier perro puede ladrar, hasta el caniche más pequeño utiliza este recurso y hasta me atrevería a decir que ellos son quienes abusan del mismo, amenazan para cubrir su capacidad de reacción. Intentan vender miedo para no tener que crearlo, porque no son capaces

▬ ¿Te comiste un guiso de dtoke? ¿Por qué me recitas? - El desconcierto era tal que lo extraño de la situación hasta me causaba gracia. No comprendía muy bien

▬ Viví hermano, dejá de quejarte de todo y de buscar lo malo en los demás para poder jactarte de una actitud superior. Que no llevas a cabo, te imaginas un poncho más caro del que te podes comprar y jugás a ponértelo en tus sueños. - Acababa de partirme la jeta con una realidad, no estaba siendo yo, no estaba actuando en consecuencia a lo que era.
Había permitido que la sombra de mis fracasos me oscurezca y oculte de la óptica de todos, menos de la mía. En mi cabeza yo seguía ahogado en el mismo éxito que ahora dudo haber siquiera tenido.

Bajé los ojos del espejo y comencé a cepillarme los dientes. Estaba llegando tarde por discutir con mis inventos.




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