Xylófono

viernes, 30 de septiembre de 2016

Tres

Abro los ojos, miro por la ventana, 'otra vez un día gris' pienso y automáticamente me imagino toda la ropa disponible en mi ropero, necesito algo que combine con el día y a su vez con mi ropa interior,. No importa que no se vea, hasta las medias deben estar en el mismo esquema de colores.

Luego de eso, me levanto, me acuesto y me vuelvo a levantar hasta que haya largado mi día desde la posición exacta; nada de lo que haga puede salir bien si no arranco con el pié derecho.
Camino hasta el baño, me miro al espejo y mojo un peine de plástico duro, finito, con los dientes rotos y embadurnados en grasa de mi propia fábrica corporal; para luego pasármelo en la cabeza.
No me malinterpreten, no es cuestión de higiene, es que de los otros treinta y siete peines que compré no hay ni uno que tenga el mismo resultado, es irreemplazable.

Me miro al espejo, inhalo y me ahorro todo lo que tenga para decirme, no me quiero escuchar, no me quiero hablar, no quiero ni siquiera comunicarme; tan solo inhalo mientras formo una especie de contenedor con mis palmas debajo de la canilla para poder llenarlas y así tirarme la primer bocanada de agua a la cara para lavarme.
Levanto la cabeza otra vez y con las manos húmedas refriego la yema de mis dedos sobre toda la extensión de la cara. Abro los ojos para comprobar resultados y noto que en la parte derecha de mi cara -entre la nariz y la mejilla- queda una manchita, repito el proceso; una vez más, no me convence; pruebo otra vez y al levantar la vista y apoyar mis córneas sobre el reflejo, noto que ese lamparon enorme sigue ahí, cada vez más grande.
Al repetir ya por octava vez el procedimiento decido ir a buscar mi teléfono y buscar alguna foto mía, a ver hace cuanto que no me lavo la cara; ya recordé, ahora sí estoy más claro, ese desperfecto estuvo siempre conmigo.
No entiendo por qué querría lavarlo ¿¡Con jabón!? ¿Cómo se me puede ocurrir semejante pelotudez? A veces me supero.

Desayuno, me visto, guardo mis cosas, me desvisto, busco ropa, me visto, chequeo novedades en mis redes sociales, me vuelvo a desvestir, tiro toda mi ropa sobre la cama y luego de ordenar todo por color, estilo y cantidad de uso estimado; me doy cuenta de que ya no tiene caso que me apure, estoy 40 minutos tarde y ni siquiera salí de mi casa. Me visto entre insultos al unísono y vuelvo a chequear que todas las cosas estén en la mochila...

Antes de salir paso por todas las habitaciones y saco fotos a todos los enchufes, llaves de gas y tomas de corriente que hayan. Nada de eso puede quedar funcionando.
A fuerza de crisis aprendí que la galería de mi teléfono me puede regalar paz en pleno viaje en ómnibus.
Hablando de buses, ya debe estar por pasar otra vez el 121, tengo que apurarme, chequeo la mochila una vez más y salgo.

Mientras voy caminando a la parada desfila por mi cabeza la duda de si habré desenchufado el cargador de la computadora que había quedado abajo del sillón. Pero no voy a sacar el teléfono mientras camino, eso no se puede hacer, está mal, pasan cosas malas, de seguro si lo hago fallece alguien en alguna parte del mundo -tipo Tanzania- por mi culpa.
¿Cómo puedo llegar a tomar con certeza pensamientos tan estúpidos? ¿Cómo puedo actuar en consecuencia a ellos? No importa, no nací para cuestionarme.

Saco el teléfono de mi bolsillo una vez que ya me estacioné en la parada y gracias a la luz y lo impoluto del vidrio puedo ver mi cara reflejada en la pantalla, el lamparon sigue allí y parece estar cómodo ya; pero vamos de a un asunto a la vez.
Presiono el botón de desbloqueo una vez y el teléfono no muestra nada, comienza a subirme el pulso y lo presiono otra vez sin pensarlo, pero nada puede ser par así que lo vuelvo a presionar... Nada pasa, está bien, puede ser que lo haya bloqueado y desbloqueado en ese impulso, lo toco una vez más; pero ahí ya son cuatro y habíamos quedado en que los números par son malos, el diablo, el glúten y Hitler fusionados; lo presiono una quinta vez con milésimas de segundo de diferencia con el anterior.
Apreto el aparato con todas mis fuerzas, levanto mi brazo y lo hago chuponear bruscamente con el asfalto, la pantalla ya no es admirable, ahora es como uno de esos dibujos de Paint hechos por niños, esos que son puras rayas y pintados de diferente color entre medio

¿Dónde está lo malo? No hay simetría entre las grietas de la pantalla, así que sin pensarlo vuelvo a dar mi teléfono de jeta al piso a ver si se arregla. Ahora sí, ahora ya no puede estar peor que antes pienso, pero al levantarlo automáticamente le doy un golpe seco contra el piso otra vez ¿Ya se habían olvidado de los números pares?
Yo no, nunca me olvido, sueño con los múltiplos de 2 y no precisamente cosas lindas, están desnudos, de máscara y rodeándome mientras un gordo con olor a cebolla de Mcdonalds me sigue con una cámara.

¿No se habrá quedado sin batería? ¡Qué idiota! De seguro ayer, antes de buscarme la ropa, aprontar la mochila y dormir me olvidé de enchufarlo.
Bueno, pero ahora ya ese no es mi problema, necesito una canilla, agua, sigo estando sucio y mi cara no acepta eso; comienzo a percibir como la mugre se va metiendo entre mis poros y fusionándose con mi piel.

Corro hasta la esquina donde hay un bar y le pido por favor que me dé unos chicles y me deje pasar al baño, todo en un solo movimiento, no iba a esperar a que me autorice, no quería ni que me viera a la cara.

Abro la puerta, me miro de frente a un espejo bastante chico y despintado y empiezo a lijarme la cara con las yemas. Me paso agua, me refriego, me vuelvo a pasar agua y así una cantidad incontable de veces (que espero no sea par). Hasta que en un punto comienza a irritarse y con eso vino el ardor, pero nada que no pueda ignorar. Todo lo que sea necesario para sacarme esa deshonra de la cara.
Me enojo conmigo por permitir que me pasen estas cosas y con eso vienen las lágrimas, lágrimas que como arietes de asedio comienzan a romperme la estructura y caigo. Quedo sin fuerzas en el suelo mientras mis lágrimas corren más rápido que el agua de la canilla. Si tuviera fuerzas cerraría esa puta canilla, la cerraría y la volvería a abrir solo para demostrarle que la puedo volver a cerrar, y lo haría una vez más para que no sea par.
Me intento aferrar de la bacha con mi mano derecha para recuperar el equilibrio pero ésta se me resbala inexplicablemente y caigo por segunda vez.
Al mirarme enojado la mano veo algo que no me esperaba ¡Sangre! ¿Es de mi cara? ¿Me habré gastado la piel? De seguro que ahora sí ya no tengo más esa mancha. Los latidos se me aceleran exponencialmente y comienzo a sentir la sangre corriéndome por las venas siento el interior de cada una de ellas, siento como se desplaza el líquido por esas pequeñas tuberías y me arde, me desespera. La taquicardia es real, con eso también siendo como las pupilas se me expanden súbitamente y al hacerlo ejercen presión sobre el iris; comienzo a perder el pulso y la sudoración aumenta, una brisa fría corre por mi espalda y escala simpaticamente hasta mis hombros, como si fuerza danzando.

De fondo se escucha la puerta y con eso, gritos muchos gritos de ayuda, pero yo ya no estoy prestando atención. Me acabo de acordar que la computadora ya no estaba abajo del sillón, la moví antes de salir para buscar los horarios del bus.
Los gritos seguían y ahora veía más sombras de personas, pero nada de eso me preocupa; yo solo quiero levantarme una vez más así son tres en total las caídas...



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