Xylófono

miércoles, 30 de diciembre de 2015

20

Me acuerdo que de pendejo con un amigo -que no tengo ni puta idea cuál era su nombre- gastábamos horas y horas de nuestras tardes tratándo de convertirnos en supersaiyajin. Sí, eramos unos pelotudos bárbaros; comprimíamos nuestros músculos con todas las fuerzas que teníamos en aquella época, y luego de veinte agotadores minutos nos mirábamos la cabeza el uno al otro para encontrarnos un pelo rubio, señal de que al menos un poquito nos estaba saliendo.


Recuerdo que habremos hecho esto unas 20 veces aproximadamente, hasta que un día se me ocurrió decirle que sí, que tenía un pelín rubio, acto seguido le pregunté cómo se sentía y me dijo que estaba todo exactamente igual que antes, hasta llegó a dudar un segundo de la veracidad de mis palabras. "Arrancámelo que lo quiero ver", me dijo; "No, vamos a perder todo nuestro trabajo si te lo sacás" repliqué -a esa altura del partido no podía confesarle que era mentira, yo quería que fuera un supersaiyajin-.
Fue una discusión de otros 20 minutos para luego dar por entendido que sí era un pelín rubio y que sí, estaba saliéndonos bien. Lo curioso es que veinte días después, ese vecino amigo mío se va, se muda del barrio y años después viene otro a vivir en frente que lo único que tiene en común con toda esta historia y con todo lo que les estoy contando es que le juega siempre al veinte negro a la ruleta.
Y yo quéde ahí, en el barrio, practicando, solo.
Hasta que finalmente me rendí, no se puede ser un supersaiyajin (ya no sé ni si lo estoy escribiendo bien, jamás pensé tener que hacerlo en mi vida).

Mis sueños comenzaron a ser otros, quise tener una banda -que obvio que su nombre eran las iniciales de mis, en ese momento, mejores amigos, tipo FeMaNi o cosas así- la banda nunca la descarté. pero obvio que ya no va a ser con Federico, Mathías o Nicolás porque no sé ni que habrá sido de sus vidas. Conforme a ir creciendo mis sueños se hicieron cada vez más pelotudos, a los 14 no tener granos, a los 15 que esa minita que me encantaba y que tantos somníferos le dediqué me diera bola, a los 16 que nadie me joda, y todo así hasta mis casi veinte años donde sueño con volver a creer en los supersaiyajins porque ya no creo ni en mí.
Esto en realidad trataba de hablar de mi año y bienvenir al 2016, pero me perdí y perdí tanto este año que me encantaría que se pierda en la memoria, como el nombre del otro niño con el que alguna vez soñamos juntos en salvar al mundo con nuestros poderes científicamente inexplicables.
Pero no, las cosas malas siempre quedan más marcadas dentro de nuestra cabeza, en nuestra historia y en nuestra alma; nada es permanente, pero molesta pila mientras está allí. Me encantaría poder aprender en mi día a día a ignorar más los detalles que me desarman y tomarme 20 segundos para pensar sin culparme, respirar y no creer que todo es mi culpa.
Pero andá a saber, quizás no me salga ser un adulto.
Lo que sé es que me descubrí una cana el otro día, y bueno, quizás 20 años haciendo fuerza sí eran suficientes para convertirme en supersaiyajin
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