Xylófono

martes, 22 de noviembre de 2016

"No te quemes el gorro"

Ponele, que cuando nacés estás varado en el medio del mar. Arriba de un barquito con dos remos, un gorro y una botellita de agua.

No sabés donde estas, ni a dónde vas, pero te mueve el deseo innato de llegar a tierra firme. Desconocés donde quedan las orillas, pero sabés que la única forma de llegar es remando en determinada dirección*, no sabés cuál es la correcta, pero se cae de evidente que hay que jugársela por un de ellas, sin amagar, sin vacilar. Las dudas solo retrasan tu viaje, que de todas formas -avances en el mapa o no- sigue siendo parte de éste.
Quizás, no siempre se dé de esa forma, muchas veces la corriente cambia y cuesta darse cuenta, se te cansan los brazos y para cuando ya es obvio, normal es que te quieras partir un remo en la cabeza. Pero no podes, ese remo es tu garantía, estás atado a él, por lo menos, hasta llegar a la costa. Te vas a encariñar con el remo, de tanta soledad quizás busques refugio y satisfacciones en objetos inertes, como el Naufrago, cuando da vida a Wilson ¿Se acuerdan de esa pelota de volley con una carita marrón caño que acompañaba a nuestro amigo antítesis de Gillette?

Tenés también, una botella de agua -esta es tu ventaja-, creo que representa los lujos o las facilidades que se presentan en tu vida.
Demás está decir que mientras más grande sea, más facilidades vas a  tener, pero más pesado será el viaje.
Ésta viene empaquetada por una fábrica, de la más alta calidad, con una reluciente etiqueta de marca registrada; el placer visual del capitalismo.
Hay agua en todos lados donde tus ojos lleguen a identificar, no tenés ni puta idea de si estás en un río, un lago, o un océano; no sabés si es potable, pero solo esa, esa, es la que estás seguro que podes tomar ¿Para qué vas a arriesgarte abusando? (Porque es natural que no pruebes tomar agua del entorno antes de haber abierto la botella, sino cuando ya no te queda nada de la misma; nadie te va a juzgar por eso, campeón/a).

El gorro, el gorro es la parte vital de todo esto. Con el cerebro enviás impulsos motores a los brazos para que remen. Pero también, te taladrás la cabeza con la mecha más gruesa que exista pensando en todo el camino que te falta o en lo cansadas que sentís tus extremidades. Pensás, el pensamiento es lo que te permite medir distancias y sufrirlas; pero las distancias marcan la importancia del camino y tu interés en completarlo. Me parece que lo más vital es cuidarte el bocho y para eso, es que vino nuestro precioso gorro. Puede ser de la manera que quieras; pescador, de esos de visera plana, capelina o inclusive un nikeFit rosado fluo con la pipa verde, el que quieras.
Pero sea del material que sea, el sol lo va a recalentar y te va a empezar a molestar, vas a quemarte el gorro y la única solución en esos casos -para mi-, es sacártelo un ratito, mojarlo y ponértelo otra vez. Parece fácil ¿No? Ahora pensá ¿Cuánto cuesta reposar un poco la cabeza sin pensar en absolutamente nada?
El silencio es una falacia, en cualquier religión, culto, país o medio. No existe, ni auditivo, ni mental.
Por un ratito podes hacer el esfuerzo y sacarte el gorro, exponerte y refrescarlo; pero cuando te lo pongas vas a sentir culpa de la insolación que podes llegar a agarrarte. Porque no conoces otra cosa, y por inercia, creo que todos tendemos a creer en lo malo. Por eso mismo, no te quemes el gorro, refrescate. No siempre es conveniente esperar a la noche, para que cuando ya no pegue el sol, éste se enfríe.

La noche es un alivio del sol, sol que estuvo todo el día alumbrándote, haciéndote saber que estás lejos de la orilla y quemándote la piel. Ayuda a ignorar y nos suelta al miedo de lo desconocido, pero muchísimas veces, lo desconocido presenta factores atractivos y es cuestión de suerte que éstos no terminen arruinándote; porque hasta en la noche más tranquila puede desatarse una tormenta. Y es verdad que 'un mar en calma nunca hizo un buen marinero' como leí por ahí alguna vez. Pero lo más hermoso de la tormenta es ese factor extraño, aleatorio, que permite acercarte a la costa o darte vuelta el barquito -que por cierto no está hecho para soportar una tormenta-.

Perdón, me estoy tomando el tiempo de ponerte a vos en una posición ¿Y yo?
Yo me tomé toda el agua para embriagarme de lujos y una vez que esta se me acabó, decidí llenar la botella con el agua que el entorno me ofrecía para descubrir que si podía tomarla; que la sed se mata con lo que sea, el tema es tener la suficiente como para imaginar que el contexto es tu botella y confiar, soltarte a confiar en lo que la vida te puso ahí, tan evidente, tan tangible. Pero bueno, antes de llegar a eso tuve que deshidratarme a lágrimas por miedo a no poder volver a tomar otra vez.
En cuanto a los remos, me pasa que una vez se me ocurrió que remaba tan bien, que terminé remando con una sola mano y aplaudiéndome con la otra. No hace falta que explicar que remar con una mano, es hacerlo en círculos, el ego es correr en círculos queriendo morder la zanahoria que yo mismo me puse en la frente.
¿El gorro? Todavía no se me había ocurrido ponerlo en agua, hasta que pasó otro naufrago por mi lado y me tiró ese pique -les recuerdo que no pude seguir su ritmo ni escuchar más consejos, estaba ocupado aplaudiéndome-.
¿Y la orilla? Me pasó que una vez que estuve allí, extrañé el mar. Ya estuve rodeado de arena y me dio miedo explorar la superficie que estaba más allá. Que se te quemen los pies es mucho más jodido que el gorro. Y no creí que haya sombra para resguardarme, ahora, como un idiota, les escribo desde el medio del mar, queriendo llegar al otro lado, que probablemente sea de donde vengo; porque no había pensado antes en la posibilidad de la sombra.
Pero calmado, al menos ya aprendí a nadar, no me mareo tanto con el movimiento de la corriente y tengo la esperanza de encontrar una sombra...



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