Xylófono

lunes, 4 de enero de 2016

El joven correcto



   Más o menos al cumplir 16, dejaron de importarme cosas que siempre me dibujaron como ejes de una vida próspera: asearme, comer a la hora que hay que comer, limpiar mi habitación y, cómo no, dormir temprano. Por alguna razón mi madre se me antojaba una persona insuficiente en esta vida, incapaz de ver realizadas sus fantasiosas metas y deseos. Por alguna otra razón esa frustración se traducía en impunidad a la hora de poner peso sobre mi vida de adolescente agresivo y despreocupado; vamos, como son todos los jóvenes…

   Considerando esto último, creo que mi pronta recurrencia a las drogas está justificada, ¿o no?, es decir, mi sed de rebeldía por la falta de respuestas o precariedad de las mismas, me llevaron de la mano hasta un camino bastante oscuro. Un camino del que apenas veía atisbo de esperanza en un futuro poco amistoso. Fueron unos cuantos cigarrillos mentolados los que despidieron la virginidad de mi sistema nervioso para, insatisfecho, probar más tarde el tabaco en pasta, alucinógenos y plantas coloridas sobre las que se hacían cultos de adoración entre carcajadas automáticas.

   En mi hogar todo era un caos, o al menos cuando me hallaba lúcido. Si no era mi madre recriminando mi postura "antitodo", mientras buscaba la correa más gruesa para asestarme disciplina, era mi alter ego susurrándome con insistencia de testigo de Jehová que tenía dos opciones: fugarme o cometer una barbaridad.

   Se refería a un suicidio, primeramente. Esto lo confieso porque en el interrogatorio que me hicieron poco después en la comisaría, los agentes se posaron como zamuros, esperando… lanzando preguntas si no retóricas, sí molestas. ¿Qué les importaba saber a qué se refería mi yo interior? No se lo comentaba ni a las modelos de las Playboy que escondía en un cajón. Y sin embargo yo me incliné por tergiversar y hacerlo todo a mi manera.

   Si no estoy senil, era 21 de agosto por la noche. No me esforzaba por ocultar mis adicciones ni ser otra persona de cara a nadie. Alrededor de las 9:30 o 10:00 salí de mi casa; vivía en el sector 3, frente a la avenida principal por la que se bajaba a la ciudad. Doblé en la esquina barrio adentro y recorrí la hilera de casas mostaza, pasando mis dedos por paredes y ventanas de barrotes blancos. Me dirigía a la jaula de zinc de un camello cincuentón.

    Ese pana es el padre que siempre quise. Barbudo, flaco, voz ronca y tez mugrienta, con sentido del humor explosivo (tragicómico a veces y otras solo cómico, cuando nos dopábamos juntos). Llamé a su puerta como solo yo hacía; al quinto estruendo abrió de golpe con mala cara:

—¿Pero tú eres marico, brother?
—Deja la gafedad, Mario. Necesito chocolate.
—No, no, váyase a su casa que su mamá lo tiene a monte, ¿oyó?
—Ah pues, mamagüevo loco, saca ahí que quiero comprar.
—No vale carajito tostao —dijo con movimientos de negación mientras cerraba la puerta—, qué comprar mariqueras, anda a estudiar es la vaina. Chao, chao.

   Me cerró la puerta en la cara el desgraciado, no podía creerlo. Lo maldije y le rompí una ventana con una piedra, pero el perro no se asomó. Frustrado, di media vuelta cabizbajo. Algo me decía que una vieja bruja, incapaz de ver realizadas sus fantasiosas metas y deseos, me esperaba en casa con la correa más gruesa.

   Llego y consigo todo apagado, solo un par de lámparas en la sala irradian tenuemente. Me voy directo a mi habitación sin voltear a los lados, sin mirar de reojo ni sospechar. Me encierro; realmente no me importaba nada. Estaba contrariado. De repente escucho esos pasos. Esos pasos que de niño me alegraban, ahora me causaban malestar. Más y más cerca, como una ventisca, siento el roce de su mano con la puerta, buscando la perilla. Los tambores comenzaron a sonar…


— El misántropo autor




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