Xylófono

lunes, 18 de enero de 2016

Cavernario

En la cúspide de la adolescencia se empezó a preguntar qué era real y qué no, hasta dónde era dueño de sus acciones o solo un mero peón en un tablero de ajedrez llamado sociedad.

Se levantó a las dieciséis y ni se molestó en responder a los rezongos de su madre. Caminó en silencio hasta la puerta que se encontraba al final del pasillo y se fue de casa sin siquiera decir adiós.

Para cuando llegó al bosque, ya eran las dieciocho.

"Este lugar es perfecto, este bosque será mi hogar a partir de ahora", pensó mientras buscaba un sitió apropiado para su carpa.

Su fuga no era algo espontáneo. Hacía meses que tenía ganas de intentarlo y semanas desde que empezó a planearlo seriamente. No se lo había dicho a nadie, pues, si lo delataban, lo obligarían a volver a esa prisión llamada hogar y todo habría sido en vano.

Tampoco era ningún estúpido, tuvo en cuenta todas las precauciones que tiene que tener en cuenta un hombre cuando decide abandonar su vida e ir al bosque.

En su mochila, además de cargar con una carpa y abrigo, llevaba las herramientas necesarias para sobrevivir en el mundo salvaje: un hacha, un machete, una navaja y un revólver, por si acaso. Además, contaba con comida y agua que había llevado en una hielera, solo para las primeras dos semanas de adaptación, obviamente; luego sería capaz de sobrevivir por sí mismo.

Ya era de noche y la fogata alumbraba el campamento. Él contemplaba maravillado el fuego, el primer símbolo de su libertad. Pensar que hace una hora no había una gota de luz en todo el bosque y ahora él lo había transformado sin ayuda de nadie, solo con sus manos. Eso lo hacía pensar en sus antepasados cavernícolas que debían valerse de sí mismos para sobrevivir y su única ambición era poder vivir un día más. Eran hombres libres, solamente limitados por las leyes de la naturaleza.
El solo pensar que tenía razones para compararse con ellos lo hizo llorar de emoción.

-Ahora por fin soy libre -dijo mientras se limpiaba las lágrimas-. Nunca más voy a estar atado a nada. No más trabas, no más gente, no más falsedad ni hipocresía. Ahora somos solo el bosque y yo, el hombre y la naturaleza, como lo era antes, como siempre debió haber sido. No más mercado que me haga preocupar por cosas materiales que no necesito, no más niñas inventando chismes sobre sus amigas, no más trabajo al que estar atado toda la vida, no más padres y directores quejándose sobre mi indisciplina. La sociedad ya no existe para mí y yo ya no existo para ella.
Este bosque y el tiempo serán los encargados de eliminar lo que quede de ese cáncer llamado civilización en mí.
Hoy no comienzo una nueva vida, hoy por fin empiezo a vivir.-

Al terminar el discurso, decidió darle fin a su ritual de liberación. Tomó su documento, leyó su nombre, el de su ciudad y ese número que tanto asco le daba por última vez y lo tiró al fuego. 
Era libre. El chico que ayer se había levantado a las seis de la mañana para ir a estudiar había muerto.


No fue hasta un mes después que la policía encontró el cadáver. Fueron tres las familias que fueron a reconocer el cuerpo, ya que no se encontró nada que pudiera identificarlo. El joven tenía el torso destrozado. Se lo había encontrado debajo de un tronco que había caído dos semanas atrás, debido a una pequeña tormenta y a la mala manipulación de un hacha.  

Franco Villa
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2 comentarios:

  1. Me siento un 100% identificado con tu cuento.

    Atte. Niño que no sabe utilizar un hacha

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  2. Me encantó, ese final inesperado y muy bien redactado.

    Mentira, aguante el welcan puto andá a la cancha y deja de escribir mariconadas

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