Xylófono

viernes, 29 de enero de 2016

Olas mentales.


 Aquí estoy. 

Luces rojas forman números en mi reloj:  02:22am…
y entonces, aquí estoy.  

Las olas golpean la costa, cientos y cientos de estrellas son testigos de que realmente estoy, aunque no lo esté.
 Otra vez ese estúpido sentimiento de no estar.
 Si soy carne y hueso, pero estoy… ¿Cómo decirlo? Ido. 

Me fui, hace tiempo. Como las olas que rompen en la costa, apenas besan la orilla para irse.
 En realidad creo que nunca estuve, al menos no por completo.
Creo que nunca estuve completo, me refiero a que algo faltaba… como si existiera algo más. Tiene que existir algo más ¿No?

Es demasiado confuso, en verdad nunca fui bueno intentando explicar lo que siento, supongo.  Es que es tan difícil sentarse en la fría arena y observar kilómetros y kilómetros de agua extendiéndose a lo largo y ancho del mundo  e intentar no sentirse  insignificante y tan tan pequeño; y pensar que tal vez, alguien, en otro lugar, donde este mismo mar va a besar otras costas, está sentado a las 02:22am en la fría arena, observando kilómetros de mar y sintiéndose… insignificante y pequeño, Ido.  Tiene que existir algo más no?! Para ambos. Esto no puede ser todo, esto no puede ser vida. ¿Cómo vives cuando no estás o eso supones; cuando  hay algo más pero no sabes que es o siquiera como llegar a ese “algo más”?  Cuál es el propósito ¿entonces?  Cuál es el propósito de  noche tras noche llegar a la arena, descalzarme, caminar hasta poco antes de la orilla, y allí sentarme a observar el mar y perder horas frente a él, sin encontrar un propósito. 
 Estoy ido, aunque creo que eso ya lo dije. 
Pero… ¿y si se tratara de eso?
¿y si el sentirse Ido en un lugar se refiere a que, en verdad, no estamos en el lugar correcto? 
 Podría caminar por el costado de esta calma costa, hasta encontrar el lugar, “mi lugar”, y ya no sentirme ido.  Capaz que en el camino me encuentro con aquel hombre y resulta que nuestros lugares estaban cambiados, yo pertenecía al lugar que él  ocupaba y él al que me hacía sentir Ido.  ¿Pero y si no es así? Y si llego a su lugar y luego me doy cuenta que mi lugar era mi antiguo lugar. ¿Serían esos propósitos? Puede que él propósito de sentirme ido es empujarme a encontrar un lugar pero… ¿eso es todo? Después de eso ¿no hay nada más? O el propósito de sentirme ido es que vaya a buscar mi lugar, lo encuentre y deje de sentirme ido y así al sentirme completo ignorara la posibilidad de que en verdad ese no es mi propósito (en la vida) y que los propósitos en verdad no se buscan, simplemente se encuentran, o tal vez propósitos son solo todo aquello que nos impulsa a tomar decisiones; y que no tenemos “UN propósito” sino varios, no tenemos una razón de estar, sino varias. No es “todo venimos por algo”, algo me suena a poco y venimos por mucho ¿no? Creo que venir ya es mucho, hacer de la vida “nuestra vida” ya es mucho, creo que con eso ya hay más que suficientes propósitos. 
Es como si existiera un “Gran Propósito” el de vivir, que abarca muchos más de menor magnitud pero, que aún así, van moldeando nuestro camino; camino que ya empecé a caminar y las olas que  ahora besan las pequeñas  huellas detrás de mí y desaparecen de a poco, porque son como las olas insignificantes  que besan la orilla, que luego se van, que se sienten Idas…  igual que yo, alguna vez.

03:33… am 
Estuve ido, aunque creo que ya se los dije...

domingo, 24 de enero de 2016

Charla en sueños

   Para variar, nos imaginé conversando. Aunque claro, siempre hablo conmigo mismo, pero me gusta más pensar que sos vos la que responde, la que me entiende, con la que hablo de todo tan profundamente; de seguro en la realidad no hablaríamos así, sobre todo vos. Pero eso ahora no importa, realmente no importa.
   Esta vez, estábamos tirados sobre el pasto, mirando al cielo sin verlo realmente y no habíamos pronunciado palabra alguna. Supongo que cada uno cavilando sus cosas bueno, yo pensaba en vos. Como siempre, fuiste la que rompió el silencio que en absoluto era incómodo con una de esas preguntas que caen como proyectil.
   —¿Está bien lo que estás haciendo?
   —¿Lo que estoy haciendo? ¿A qué te referís? —pregunté, probablemente para ganar más tiempo.
   —Me refiero a no tomar partido en nada; siempre te mantenés al margen de todo — te apoyaste en los codos y me miraste directamente, con esos ojos que, tanto aquí como en la realidad, parecen desnudar el alma—. ¿Qué vas a hacer cuando llegue el momento de elegir? No podés escapar por siempre.
   —Yo no estoy escapando —respondí inseguro.
   —Lo estás posponiendo, que es lo mismo. Aunque suene tonto y sin sentido, no está mal equivocarse. Si tu miedo es lo que los demás piensen... Nunca lo vas a saber si no lo intentás, ¿no te parece?
   —El que no arriesga no gana, ¿eso es lo que querés decir? Creo que la escuché en otro lado.
   Molesto. Ofendido. Me crucé de brazos y observé el cielo, dando el tema por zanjado. Obvio que no te diste por vencida, porque vos sabías que yo necesitaba seguir hablando del tema aunque no lo admitiera. Sentí cómo volvías a tu posición inicial, contemplando el cielo.
   —Ya veo, el problema no son los otros, sos vos. —Por supuesto conseguiste tu objetivo. Otra vez te estaba mirando atentamente, interesado en lo que dirías a continuación—. No tenés miedo de lo que piensen los demás; capaz que sí, pero no es lo principal. Si tu miedo es arrepentirte de lo que elegís, te aseguro que más te vas a arrepentir de no haber elegido. Ser indiferente no te va a llevar a ningún lado.
   —¿Y si no sé a dónde quiero llegar?
   —Hay veces en las que no tenés que saber hacia dónde vas; lo que importa es que camines y ahí vas viendo...
   Nos quedamos otra vez en silencio, como al principio, observando el cielo. Pensaba en lo que dijiste, en lo que hice y en lo que haría. Por eso, decidí empezar a tomar riesgos.
   



Impunidades

Te miraba fijamente mientras las gotas caían en mi cuerpo, poco a poco me iba congelando más, necesitaba bajar de temperatura, no solo porque me interesaba estar igual que vos, sino porque cada vez, lograba que me excitara más tu mirada.
Cada segundo que miraba tu contenedor duro y rígido, mi cuerpo pedía tenerte, sentir tus labios secos, tocar tus manos distantes y entrar en vos.
Solo dos cosas me daban la libertad de negarme a mis placeres, primero, que se encontraban veinte individuos alrededor de nosotros y segundo, que uno de ellos era un juez de paz.

viernes, 22 de enero de 2016

Fracaso



Ya perdí la cuenta
De cuántas veces tus quejas
Me golpearon la cabeza


Ya me perdí en tus ojos
Que cuestionaron siempre
Todos mis antojos


Ya te perdí entre los escombros
De todas las veces que cambiaste los besos 
Por una sacudida de hombros


Ya nos perdí en el ocaso 
En donde nada de esto 
Era un fracaso


Ya me volví un fracaso
Oculto en el ocaso


Ya bajé los hombros 
Y elevé los escombros


Ya olvidé el antojo 
De verme en tus ojos


Ya me rompí la cabeza 
Sintiéndome perdida

Ya nos perdí





jueves, 21 de enero de 2016

Silencio

Es que yo todos los días de Dios me acordaba del asesinado, de su asesino y de cómo nunca se había hecho justicia.

Hasta que un día se hizo justicia y me olvidé del asesinado, de su asesino y de si alguna vez había existido el crimen.



Franco Villa





Taciturno de la urbe

Esta letanía que abraza nuestras almas ensombrecidas, juventud adormecida de días de sueño y noches de algarabía. El tranvía pasa en silencio. Un día más es otro día menos, nuevas caras desconocidas y caras largas es los que vemos. La sonrisa parece estar perdida, se ha ido de viaje y quiere perder la vida, la vida en algún descampado desolado sin nadie al lado está llorando, meditando y pensando que vivir es sufrir y sufrir es parte del día diario. ¿Qué nos pasa? ¿Qué nos sucede? Hemos dejado de vivir el momento presente por el tiempo iluso del futuro y el pasado. En ellos ya no existimos, del pasado nos extinguimos y del futuro aún no hemos nacido. ¿Entonces? ¿A qué estamos esperando? Vivir el ahora es la salida recurrente que nos invita a ser felices realmente, lejos del letargo silencioso y fuera de esas vidas en penumbras, acompañado de palabras que el camino me alumbran.
Así camino por este valle desolado, con miles de personas pero sin nadie a mi lado. Como dice el tema: "Cómo soportar el peso de esta misantropía, no hay lágrimas en mis ojos mas lloro todos los días". El dolor inspira y hoy por hoy hay más corazones rotos que libros en las estanterías. Ya nadie quiere leer, prefieren inducirse en la moda, y en la joda dejarse caer. Mentes erradas, vidas desvariadas, miradas cegadas. Y si este escrito carece de una línea o idea y lo ves como algo inerte, quiero que sepas que escribo por placer y no por complacerte.


 


                               Lucas Duarte

miércoles, 20 de enero de 2016

Muerte en vida



Y de repente la fue apagando, muy sutilmente, 
un proceso lento, como quien no quiere la cosa.
Como hablar frente a la llama de una vela.
Así, de esa forma, se fue robando su esencia, todo su brillo y espontaneidad.

Ella, segada por un amor incondicional, 
que más que amor, era la tesitura de su cabeza testaruda,
de querer demostrarle al mundo que esa relación tan improbable podía funcionar. 
Que ella también era capaz de amar y ser amada.
Que la felicidad de cuento, también podía ser para ella.

Ilusionada, porque ese amor fuera lo que la rescataría de todos sus pesares. 
Decidió aferrarse a eso, como si no tuviera otra opción.
Pero nunca se percató de que aquel simulacro de salvavidas era su ancla. 
Que poco a poco la arrastraba a la más profunda soledad. 
La peor de las soledades, la de estar acompañado sin estarlo.
Y esa soledad la rodeaba, la abrazaba hasta estrangularla.

Se repetía a sí misma y a los demás, frases a modo de consuelo. 
Como justificación a su violencia. 
Que al no dejar en la piel sus huellas, parece más difícil de identificar.

No era capaz de reconocer cuándo se había vuelto todo de esta manera,
cuándo había empezado su procesamiento por algún delito que no estaba segura de haber cometido.
Pero no ubicar el comienzo no era el mayor de los problemas, sino darse cuenta de que aquello parecía no tener final.



Y se vio a ella misma sin salida, hundida en un mar de desesperación caminando con una sonrisa en el rostro y su mano entrelazada con la de él.




Trompos



Era una vez una historia de amor. Una historia de dos amigos que, sin saber muy bien qué hacían, se quisieron. Sin saber muy bien cómo ni cuándo ni por qué, construyeron algo que si bien no lo era todo, bastaba. A ella le bastaba y a él parecía bastarle, hasta que no. Se aburrió o se cansó o se abrumó o quién sabe qué, y sin previo aviso tiró del hilo que construía toda esa historia y lo soltó, y ella se volvió un trompo, girando sobre sí misma sin ningún destino y sin poder detenerse, sabiendo que en algún momento todo aquello terminaría y él no estaría abajo para atraparla cuando cayera víctima del mareo.

Giró, giró y giró. Al principio giraba sobre sí misma. Luego se animó a moverse. Recorrió lugares y conoció a otros trompos que giraban, algunos desde hacía más tiempo y otros cuyo hilo había sido soltado más recientemente; ninguno sabía a ciencia cierta cuándo se detendría y qué debía hacer cuando eso sucediera. Otros trompos ya no giraban, pero ninguno supo explicarle cuál era la solución a su condena. «Te vas a dar cuenta sola», le repetían una y otra vez. Todos eran trompos imperfectos, quebrados en alguna esquina, desgastados y ásperos. Conoció también trompos que giraban juntos, acompasados, con sus hilos uniéndose en la cima como si hubieran sido construidos a medida. ¿Se soltarían alguna vez? No, o al menos eso decían.

Notó que su rotación se ralentizaba poco a poco. Siempre había estado preocupada y lo estaba cada vez más. Preocupada, triste, miserable. Deseó tener otro trompo que la sostuviera cuando fuera tiempo. Pero estaba sola. O eso creía.

Se detuvo. Ya no giraba. Un mareo intenso se apoderó de su cuerpo y ya no pudo sostenerse. «Hasta acá llegué», se dijo. Cayó sobre sí misma, pero algo la sostuvo. Sintió voces conocidas, voces amigas que transmitían confianza. Cientos de trompos de diferentes colores y tamaños, girando a diferentes compases, la esperaban para celebrar juntos que el fantasma de su hilo suelto la había abandonado al fin.

martes, 19 de enero de 2016

¿Aceptas?

3:05 am, una noche calurosa y los hielos rebosan en un vaso medio vacío de ginebra, un trago que mi paladar degusta y saborea. Trago que me trae remembranzas, me encuentro solo entre cuatro paredes mientras la luz tenue choca contra el piso formando penumbras. Noche de sentimientos encontrados contra el papel, un libro abierto en la página 302 da un título que dice: "El amor es como el tango". Me quedo pensando en esa frase silenciosamente. ¿Qué tiene de cierto esa frase en verdad?, mi sinapsis colapsa de a ratos y el letargo me abraza, me encuentro ebrio. Pero aun en estado de ebriedad, destaco que el amor es como el tango, es de a dos y tiene sus pasos, tiene sus tiempos, para bailar el tango tienes que hacerlo a la par, juntos. 'Juntos, de eso se trata el amor', pensé. Pensar, qué díficil pensar a esta hora. Hora, las horas vacías pasan acompañadas del minutero.
Minutero, que resuena junto al segundero y ese sonido se incrusta en mi nuca como los tacos de la vecina los domingos de resaca cuando ella va a misa, qué sonido aturdidor que me hace olvidarme de la idea inicial y ya ni recuerdo de qué escribía cuando comencé, quizás esto ya le ha sucedido a muchos. Y como dice el dicho: el borracho dice la verdad. Y mi verdad se refleja en esa frase del tango. Hay que bailar con un son adecuado, sin pisarnos y lastimarnos, aunque es pertinente fallar para dar un buen espectáculo final. Quizás sea eso, practicar con nuestra pareja y aprender, aprender para lograr la sincronía, esa sincronía entre los dos y el entorno. Cuando esto sucede, qué gran show, qué gran satisfacción, ¡qué placer loco! Qué placer....

Y ahora,  ¿aceptas bailar conmigo?

 


                            Lucas Duarte

Opreuc

Los cuerpos danzan libres.
Se sienten volar entre tantas estatuas.
Cabezas tan mal pensantes.
Todos los cuerpos saben sus direcciones
y saben encontrarse.
Los cuerpos son perfectos
y lo sienten.
Saben del viento
y de correr con el placer.
Los cuerpos no conocen los malos hábitos,
saben del amor
y del desamor.
La suavidad
y lo que irrita.
Vuelan,
solo saben volar.
Enfrentan la oscuridad,
y la exprimen.
Los cuerpos saben de dejarse llevar.
Conocen de los escalofríos,
conocen de las pasiones.
El cuerpo, ese arte.

Cecilia.
http://mochiladecosas.blogspot.com.uy/



Carta del pasado continuo

El tiempo paso y nosotros avanzamos, al menos eso pide nuestro instinto más natural, avanzar y avanzar sin mirar atrás. Hay algo en vos que hace que no pueda hacerlo, sé que nos volveremos a cruzar en algún momento, mucho más maduros, mucho más inteligentes y mucho más decididos de lo que éramos… no sé qué pensaré en un año o dos cuando tal vez nos reencontremos, ni siquiera sé qué pensaré mañana.
Pero de algo estoy seguro… que cuando llegue el día, nos vamos a mirar y sabremos los dos, que la espera terminó.

Besos Rosa.


Besos alocados, besos rosa, noches de alcohol y noches locas dan como resultado gemidos ahogados entre sábanas desconocidas. Y a la mañana la resaca, dolores de cabeza y sed en la boca, un cuerpo desnudo me da su espalda y se vislumbra su pelo lacio sobre su hombro. Su silueta se dibuja con un contorno de guitarra, y que la abrace su boca entredormida me susurra. Y la abrazo, lentamente, sutilmente toco su piel fría y suave, que placer amanecer ante tal mujer, perfume de Channel que me seduce.


                                        Lucas Duarte

Mío


MÍO:
Lo era todo:
 dolor, locura, ambición, lujuria, caricias, pasión, amor, vida.
A veces gustaba vestir de luz, otras caminaba acompañado por su propia oscuridad.
Sobre sus hombros el peso de su humanidad perdida, y en sus labios, la dulce amargura de aquellas palabras que nunca supo como decir.
Niño perdido en el cuerpo de un hombre.
Silueta de hombre bueno, espejismo.
Fuego, carbón y sus ojos negros: benevolencia.
Alas Rotas…
Maldito el día en que besé su alma y desnudé sus heridas.
Maldito ese efímero momento en el que me convencí a mí misma de que tal vez podíamos existir.
Pero un depredador no crea lazos con su presa.
Sin importar, corrí… a ti
Hice de tus brazos mi escondite en este universo,
limpié las líneas que el tiempo, como calladas historias, dibujó en tu cuerpo.
Y entonces me vi; reflejo de mí, en algún lugar de tu rostro.
Pude ver cómo emergían mis pequeñas partículas a enredarse en ti.
Todo lo que soy, cuerpo mente y alma, soy porque sos.
Dime ahora, cariño: ¿Qué hago yo con los silencios?
Éramos risas, ¿recuerdas? Y algún que otro lloriqueo
Pero, ¿y ahora? ¿A dónde nos iremos? Cariño,
¿acaso estamos destinados a vagar por el destino?
Extraño amor del secuestrado al secuestrador.
Es enfermizo, dicen, que me agrade tanto este dolor.
Maldito ese efímero momento en el que me convencí de que tal vez, podíamos existir.
¿Por qué  un depredador no crea lazos con su presa?
No te vayas, aférrate al puñal que me has dejado.
¿Qué tengo si no son tus besos?, ya nada queda.
Él lo era todo.
Todo, menos mío.

Juego de verdades

   La monotonía de mi vida sufrió un cambio radical. Mi vida tomó un rumbo diferente. Dejé de ser yo por algún tiempo. Se sentía inexplicablemente normal; así mismo, se podía sentir completamente extraño y distante.
   Mi forma de ver el mundo había cambiado. Sin dudas. Pero no era consciente de ello. No era consciente de que caminaba por una ligera línea entre la realidad y la imaginación, y que podría romperse en cualquier momento provocándome una gran caída hacia lo desconocido.
   Estaban poniendo a prueba mi mente y en peligro mi cordura.
   Tal vez, era un mecanismo de defensa. Tal vez, me estaba volviendo loco. Tal vez, quería alejarme de mi realidad. Esa con la que no estaba de acuerdo. Esa realidad de la que quería escapar, quería cambiar y me negaba a aceptar. 
   Mi mundo se hacía añicos bajo mis pies, sin saber si era mi culpa o la de ellos. ¿Qué me había pasado? ¿Podría revertirlo? ¿Qué debía hacer? 
   Mi vista se volvía borrosa cuando intentaba distinguirlas. No podía identificar hasta qué punto llegaba la realidad y hasta qué punto era creación de mi mente. No podía saber cuán verdadero era lo que veía, lo que tocaba; todo lo que sentía.

   Estaba desesperado. Precisaba encontrar respuestas a todas esas preguntas que flotaban en mi mente, en la parte más sensata de ella. Como si eso llenara el sentimiento de vacío que tenía por no encontrar mi lugar. Pero estaba seguro de que nada volvería a ser como antes. Todo cambiaría a tal punto de no ser nunca más aquella persona.
   No podía confiar en nadie. Ni en mí mismo. Estaba perdido en un laberinto que dudaba tuviese fin. Estaba atrapado en un juego del que no conocía las reglas. En un juego que no creía pudiese ganar. Mi ficha siempre estaba al límite de perder. Escapaba de las trampas tanto como podía, pero no significaban nada comparado con el gran daño que yo mismo me hacía.
   Vivía en un permanente engaño. Pero estaba decidido a encontrar la verdad sin importar lo que me costara. Sin importar que tan mala fuese.




La vida es una obra



Todos estamos vibrando los unos con los otros, es un balance de historias, un conjunto de mentes y cuerpos a veces chocando… y otras veces encajando más que a la perfección.
 Bailamos según el ritmo que suene a nuestras afueras, o es un rock muy movido o un jazz calmo y sereno.
Cada uno de nosotros aporta una pieza al rompecabezas, estamos formando un cielo muy claro, y cada nube por más insignificante que se vea en la imagen es lo que la completa.
Somos figuras geométricas, somos números y letras… somos lo que queramos ser siempre que podamos dejarnos un rato llevar.
Cada cual tiene su carta bajo la manga, cada cual tiene su propia luz en el escenario para brillar. Como actores que demostramos ser en la vida tenemos nuestro papel, nuestro rol en la historia. Y dentro de esa misma historia, cada actor tiene la suya propia, que lo lleva a actuar de tal y tal manera para completar cada escena que protagoniza.
Mais oui, pánico escénico en algún momentos todos tenemos, cada cual sale a escena en su debido y más cómodo momento.

lunes, 18 de enero de 2016

Cavernario

En la cúspide de la adolescencia se empezó a preguntar qué era real y qué no, hasta dónde era dueño de sus acciones o solo un mero peón en un tablero de ajedrez llamado sociedad.

Se levantó a las dieciséis y ni se molestó en responder a los rezongos de su madre. Caminó en silencio hasta la puerta que se encontraba al final del pasillo y se fue de casa sin siquiera decir adiós.

Para cuando llegó al bosque, ya eran las dieciocho.

"Este lugar es perfecto, este bosque será mi hogar a partir de ahora", pensó mientras buscaba un sitió apropiado para su carpa.

Su fuga no era algo espontáneo. Hacía meses que tenía ganas de intentarlo y semanas desde que empezó a planearlo seriamente. No se lo había dicho a nadie, pues, si lo delataban, lo obligarían a volver a esa prisión llamada hogar y todo habría sido en vano.

Tampoco era ningún estúpido, tuvo en cuenta todas las precauciones que tiene que tener en cuenta un hombre cuando decide abandonar su vida e ir al bosque.

En su mochila, además de cargar con una carpa y abrigo, llevaba las herramientas necesarias para sobrevivir en el mundo salvaje: un hacha, un machete, una navaja y un revólver, por si acaso. Además, contaba con comida y agua que había llevado en una hielera, solo para las primeras dos semanas de adaptación, obviamente; luego sería capaz de sobrevivir por sí mismo.

Ya era de noche y la fogata alumbraba el campamento. Él contemplaba maravillado el fuego, el primer símbolo de su libertad. Pensar que hace una hora no había una gota de luz en todo el bosque y ahora él lo había transformado sin ayuda de nadie, solo con sus manos. Eso lo hacía pensar en sus antepasados cavernícolas que debían valerse de sí mismos para sobrevivir y su única ambición era poder vivir un día más. Eran hombres libres, solamente limitados por las leyes de la naturaleza.
El solo pensar que tenía razones para compararse con ellos lo hizo llorar de emoción.

-Ahora por fin soy libre -dijo mientras se limpiaba las lágrimas-. Nunca más voy a estar atado a nada. No más trabas, no más gente, no más falsedad ni hipocresía. Ahora somos solo el bosque y yo, el hombre y la naturaleza, como lo era antes, como siempre debió haber sido. No más mercado que me haga preocupar por cosas materiales que no necesito, no más niñas inventando chismes sobre sus amigas, no más trabajo al que estar atado toda la vida, no más padres y directores quejándose sobre mi indisciplina. La sociedad ya no existe para mí y yo ya no existo para ella.
Este bosque y el tiempo serán los encargados de eliminar lo que quede de ese cáncer llamado civilización en mí.
Hoy no comienzo una nueva vida, hoy por fin empiezo a vivir.-

Al terminar el discurso, decidió darle fin a su ritual de liberación. Tomó su documento, leyó su nombre, el de su ciudad y ese número que tanto asco le daba por última vez y lo tiró al fuego. 
Era libre. El chico que ayer se había levantado a las seis de la mañana para ir a estudiar había muerto.


No fue hasta un mes después que la policía encontró el cadáver. Fueron tres las familias que fueron a reconocer el cuerpo, ya que no se encontró nada que pudiera identificarlo. El joven tenía el torso destrozado. Se lo había encontrado debajo de un tronco que había caído dos semanas atrás, debido a una pequeña tormenta y a la mala manipulación de un hacha.  

Franco Villa

Insomnio

La vida pasaba frente a mis ojos y la pena se iba apoderando de mí, suavemente, sigilosa, pero desde dentro y bien segura. Como tomar café por las mañanas o abrir solo un poco la ventana por la noches, vivir así se hizo un hábito. Sentirme vacía era normal. Carecer de motivación no era extraño. Dejar de pensar parecía la mejor opción. Mis demonios estaban ganando.
Pero no soy princesa y mucho menos esto es un cuento de hadas; no había príncipe azul u ogro verde que me rescatara del castillo de mis pesadillas. En una de esas tantas noches largas lo entendí. La música ya no producía el efecto de dejarme en estado de inconsciencia; las ideas afloraban en mi mente produciendo el eco que me despertaría de ese sueño eterno. Si no quería terminar en el fondo de un abismo, era hora de blandir la espada y defenderme de mí.

El lugar

Vengo explorando este mundo ya hace un buen tiempo. No sé bien en busca de qué; es probable que justamente sea eso lo que busco: un propósito.
Lo más cerca que estuve de encontrarlo fue aquella vez que conocí un lugar extraño. Este me llamó mucho la atención, porque a diferencia de todos los anteriores que había visitado, en este todos parecían felices.
Ahí lo conocí a él, que me llevó a conocer todo. Era increíble la organización, era todo armonioso. Me contó cómo funcionaban las cosas; vivían en comunidad, todos con una función y estaban muy conformes con ello, esto equilibraba para llegar al perfecto funcionamiento de todo.
En cuanto a él: ni bien nos vimos supimos que algo sucedía. Éramos muy diferentes, pero eso no influía para nada en la intensa conexión que tuvimos, cada detalle que íbamos conociendo del otro nos unía más. En poco tiempo llegamos a tener un lazo que creíamos indestructible.
El tiempo perdía importancia con él y mi existencia ganaba sentido, un minuto podía ser inmenso.
El lugar comenzaba a interesarme mucho. Según él, acá son libres, tienen tiempo, pueden divertirse, pueden amar y todos tienen una aspiración.
No podía pedir más, mi largo viaje parecía haber acabado. Decidida le pregunté qué debía hacer para que la comunidad me acepte y así poder formar parte de ella.
"Sólo tenés que pasar por un sencillo ritual donde 'Ella' te evalúa y te coloca esto (señalando un extraño dispositivo en su sien), luego te adaptas. No hay apuro, luego del ritual ya sos una de nosotros", me contestó con ansias inocentes, como apurándome a hacerlo.
Esta parecía mi gran oportunidad de ser parte de algo. Lo iba a hacer, pero antes no pude contenerme a preguntarle: ¿Quién es 'Ella'?, ¿para qué es ese extraño dispositivo que usan todos?
Me quedé esperando la respuesta. Lo estaba procesando mucho, sentí como si le hubiera planteado un problema; llegué a sentir arrepentimiento. De pronto él, desde su misterioso silencio, comenzó a actuar extraño, como si el dispositivo se apoderara de él.
"Corré", me dijo justo antes de desvanecerse.
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sábado, 16 de enero de 2016

Metafísica de basurero

     Mientras leía una de las obras maestras de la literatura latinoamericana empecé -y utilizo el verbo más coloquial por influencia de ella- a hipotetizar el contexto en el que fue creada. ¿El autor escribió sentado cómodamente en un sillón?, ¿o recostado en su cama? ¿Habrá sido en su casa o en algún sitio preciado y desconocido? ¿Utilizó lapicera y algún antiguo cuaderno de notas?, ¿pluma, lápiz? ¿Pidió consejos, ayuda, opiniones? No, no, no.  Esos eran meros detalles técnicos. Lo que realmente ansiaba saber era qué había sentido antes de escribirla, cuál había sido su motor. 

     Decidí que era momento de escribir. Pero previo a eso divagué -no podía ser de otra manera-, cuestionando por qué había pasado tanto tiempo sin que me picara el bichito de la escritura. ¿Por qué, si yo sabía que me apasionaba escribir, no era dominada por la urgencia de hacerlo?, ¿por qué no me apremiaba el deseo de jugar con las palabras, de morderlas, moldearlas, desecharlas, cambiarlas, amarrarlas, adorarlas?, ¿dónde estaban mis típicas crisis emocionales? Quizá se debía a la sistematización de la escritura consecuente de las lecciones universitarias para aprender a. Quizá era por la costumbre de la rutina, el ritmo constante, el tener siempre algo en lo que pensar, o por no querer pensar en nada. Ah, ahí estaba la crisis, ahí estaba el punto de placer.

     Bajé las escaleras saltando los escalones de dos en dos, decidida a prender la computadora y enlazar vocablos hasta conseguir algo digno de ser publicado en mi espacio público personal. Ya de vuelta en mi cama, con el ventilador funcionando a toda potencia justo frente a mi cara, me distraje primero con el ruido del exterior y con el libro que había dejado abierto sobre el colchón y con el sonido del filtro de la piscina y con el cartel del antivirus que me sugería suscribirme y pagar un par de dólares al mes para tener 100% protegida mi computadora y con la foto de un viaje y con los peluches encima del ropero de mi cuarto de infancia y... Y el bichito se calló. Se fue a pasear o a dormir o a picar a alguien más.

     ¿Y ahora? Opciones: a) de forma metódica y mecánica crear un personaje como quien elige ingredientes para una receta y abandonarme a inventarle una vida -la realidad es que los libros son hijos de esta opción-; b) cuestionar la opción "a" porque carece de sentimiento y pasión, frustarme y tirar la nada a la basura; c) utilizar la ausencia como base.

     Entonces: autorreferencialidad. Para el goce de Nietzsche, Lyotard y los postmodernos todos. ¡Vaya que somos hijos de nuestra época!

     ¿Y ahora? Dejo estas frases con o sin sentido, con o sin repercusión, pura forma sin contenido. Vuelvo a leer el gran best seller, las horas de trabajo de un escritor que sí tuvo paciencia y capacidad de no aburrirse de su obra, de crear un mundo y sostenerlo, de no estancarse en su metafísica y su filosofía de cuarto solitario a las tres de la mañana. O todo lo contrario. A la mierda el cuestionamiento constante, a la mierda la problematización. Escribí para escaparme de eso y terminé encontrándolo. Escritura espejo. Escribí para olvidarme de todo, para sumergirme en este problema sin encontrarle solución. Escribí por el puto y simple hecho de escribir.

     Carajo, cómo cansa ser todo el tiempo uno mismo.





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