Xylófono

jueves, 2 de junio de 2016

Sombras







Era quizá la persona más terriblemente hermosa. Pero era irreal. Era literalmente invisible a las demás personas. Era irónico. Pero no me ponía a reflexionar eso, porque otras cosas me preocupaban más. Como el hecho de que me diagnosticaran alguna enfermedad mental y me arrebataran mi voluntad como si nada.
Intenté por mucho tiempo ignorarla. Y furiosa ella me atacaba en las horas más públicas de mi vida social.
“No me ignores, soy todo lo que tenés” solía repetir en mis momentos más gélidos.
¿Qué iba a hacer?
Intenté matarla varias veces. Pero tan sólida y nítida como se veía, incluso cuando su sangre me salpicaba la cara una y otra vez, la muy maldita volvía a la vida sin un rastro de la violencia sufrida.
¿Era esto un milagro de la física?
Me rehusaba a creer que era producto de mi imaginación aunque tuviera un preocupante parecido con una sílfide.
 Me asustaba el hecho de que alguien que pudiera pensar y actuar de manera independiente a mi, me persiguiera a todas partes. Alguien que hacía ruido cuando entraba en mi habitación, alguien cuya voz retumbaba en las paredes, y cuyo tacto se sentía tibio y humano.
   Tantos fueron los intentos por deshacerme de ella que acabé mudándome a un apartamento ubicado a veinte minutos de mi casa paterna y a quince del trabajo, lugar en el que más temprano que tarde se apareció también.
El lugar no era muy grande, pero le coloqué varios espejos para que pareciera más espacioso. También ayudaba el hecho de que no tuviera muchas posesiones personales.
Al menos en mi propia casa podría gritarle sin que nadie dudara de mi salud mental. O al menos nadie que no fuera yo mismo.

  Las primeras semanas fueron tranquilas y su ausencia me dio una paz un poco cautelosa, como si fuera una tregua precedente de algo peor.
Comencé día tras día a acostumbrarme a su ausencia. Me sentí normal por primera vez en muchos años.
Dejé de reflexionarlo con el tiempo y aquella extraña empezó a ser un recuerdo borroso que se perdía entre los otros.
¿Y si nunca había existido?
Los recuerdos se me mezclaban con las fantasías y los sueños haciéndome difícil la tarea de discriminar cual era cual.
  Eran las ocho cuando llegué a casa y tiré las llaves en aquella frutera que mi madre me regaló cuando me mudé, pero que jamás contuvo frutas, sino monedas, fósforos, facturas de la luz o lo que tuviera en mano al momento de entrar a mi apartamento.
Lo pude sentir solo con poner un pie en el lugar.
Allí estaba. Otra vez.
Sus ojos verdes miraban recelosos.Sentada en una de las sillas de aquella mesa redonda en la que
solía tanto almorzar como estudiar.
Hacía círculos sobre la misma con el dedo índice provocando un mínimo sonido de fricción que rompía el silencio o, más bien, pasaba por sobre él.
No dijo nada.
Aparté la mirada. Podía sentir su respiración. Inhalar, exhalar, inhalar, exhalar. El corazón empujaba contra sus costillas con un sonido apagado. Como el que hace un martillo envuelto en un paño.
¿Cómo podía escucharlo? ¿Era posible?
La seguí ignorando. Como si no estuviera el aire cargado de un peso agotador. Como si no hubiera cambiado repentinamente el ambiente a una realidad espesa en la que los sentidos se me
agudizaban y el cuerpo se me entontecía.
Comenzó a murmurar sus cosas ininteligibles mientras yo me quitaba la ropa de invierno con las manos temblorosas y tiraba de a una las prendas sobre la cama.
Estaba enojada. Como siempre. Pero de una forma más agresiva que las otras veces.
No la miraba. No quería mirarla. No podía aceptar que mi mente me estaba tendiendo una trampa.
  La observé toda la noche con el rabillo del ojo, la observaba fugazmente por los espejos, con miedo de que nuestras miradas se chocaran de pronto. Continuaba con la cabeza gacha y los dedos inquietos murmurando cosas que me costaba descifrar.
Me puse a leer, a fingir que lo hacía y sus murmullos se convirtieron en una risita discreta que me heló las venas.
   En determinada hora de la noche escuché con toda nitidez como se deslizó por la silla y caminó hacia donde yo estaba. Sus pies descalzos marcaban un ritmo contra el piso, un sonido
gradual y sordo que se iba acercando a mi espalda, como de pies desnudos y mojados.
Respiró contra mi cuello. Esa pequeña ráfaga de calor terminó por erizar mi piel y me puse a temblar definitivamente.
Esta vez sentía algo distinto. Tenía un bloque de hielo en la garganta. Una piedra presionando en el pecho.
Junté el valor que tenía y abrí la boca:

-¿Por qué estás acá? _ Me animé pronto a preguntar.
Sorprendido por la firmeza de mi propia voz.

Giró la silla en la que estaba sentado para que quedáramos
frente a frente.
Ese tipo de cosas era las que sin duda me aterraban más. El poder sobre las cosas materiales. El poder tocar, tirar o romper cosas la hacían terriblemente real.
 Buscó mis ojos que saltaban de objeto en objeto, procurando ridículamente cualquier tipo de distracción posible.
El contacto visual era inminente. Y, al igual que el sentir de su respiración, me aterrorizaba más que
cualquier contacto físico.

-Porque somos uno. _ Dijo tranquilamente mientras deslizaba gentilmente las manos por mi cuello, como una caricia.
   La gentileza de esas manos se perdió gradualmente para convertirse en un forcejeo, más que poderoso, inhumano.
Podía ver con horror en el espejo de atrás que mis propias manos eran las que estaban aferradas a mi cuello y no las de ella, mis propias manos se cerraban como piedras arrebatándome el aire.
Sentía que mi cabeza estaba por reventar en mil pedazos.
Miré finalmente los ojos verdes de mi asesina. Tranquilos, llenos de una paz macabra.
Intenté respirar, no llegó aire, los miembros no me respondían casi.
Quería burlarme. Quería decirle que yo la había matado antes.
Aquella vez que inocentemente vino conmigo hacia su propia destrucción, presa de los vapores del amor ingenuo.
Quería decirle que esta vez, como la anterior, yo había ganado.
Porque yo ganaría siempre.
Que su corto camino vital había pertenecido a mi única
voluntad...
Pero no pude, porque justo en el momento en que lo iba a hacer, terminó de presionar con la fuerza de mil hombres y los ojos ahora impregnados de odio, como leyendo mis pensamientos.

Algo se rompió dentro de mi. Y todo se volvió sombras...
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